8 de Marzo. El poder de las mujeres. Poder que construye

Foto: Fran Lorente/CCOO Madrid

El feminismo sindical es un claro ejemplo de empoderamiento colectivo que empodera a todas porque busca igualdad en empleo digno, principal puerta de entrada a la autonomía económica y la libertad personal.

Carolina Vidal López

Fonte: Según Antonio Baylos
Data original da publicação: 07/03/2026

Si hay un día en el año en que las calles de todo el mundo se llenan de marchas feministas, en el que se escuchan las reivindicaciones de las mujeres por sus derechos, su autonomía, su libertad, incluso allí donde están prohibidas, es el 8 de MarzoDía Internacional de las Mujeres. Una jornada mundial vindicativa que, no olvidemos, tuvo su origen en el Día internacional de la mujer trabajadora promulgado en 1910 durante la II Internacional Socialista, impulsado por Clara Zetkin y los centenares de mujeres obreras, sindicalistas de 17 países, que la acompañaban, en la idea de unir con una sola marcha ante el mundo las reclamaciones de las mujeres como ciudadanas (las del sufragio) y como trabajadoras (las laborales).

El 8 de Marzo es un día de unidad feminista. Es el día en que mujeres de todo el mundo juntamos nuestras voces para reivindicar con energía, con determinación, que los derechos de las mujeres no tienen fronteras y no son negociables. Los derechos de las mujeres forman parte inalienable de los derechos humanos y, o son universales o son vulnerados.

Y, no, no son negociables. Ni aquí ni en ningún despacho oval ni en ninguna cumbre oscura de tecno-oligarcas ni en ninguna región del mundo. El feminismo sindical de clase de CCOO es internacionalista; y por ello reivindicamos los derechos y el poder de todas las mujeres del mundo todos los días del año.  Porque nosotras somos las que sostenemos la vida, las que producimos, las que investigamos, las que enseñamos, las que transformamos. Con nuestros trabajos, con nuestro tiempo, con nuestros brazos o nuestra inteligencia, con nuestra empatía y oficio, curamos, cuidamos, asistimos, levantamos, alimentamos, construimos…

Somos trabajadoras sea cual sea nuestro ámbito o sitio de trabajo: el textil, el campo, la enseñanza, el comercio, la seguridad ,el turismo, la hostelería, las administraciones públicas,  los medios de transporte, los medios de comunicación, la sanidad, los servicios sociales, la ayuda a domicilio, la industria del metal, química, farmacéutica, alimentaria, las conserveras, el calzado, del vidrio, la limpieza, los call center, oficinas y despachos, la industria naval o aérea, la construcción, cerámicas, madera, jardinería, el sector postal, la energía, las tecnológicas, la ciencia, la medicina, el hogar… todas somos trabajadoras por igual, solidarias y sororas unas con otras, especialmente con quienes se encuentran en situación laboral o social más precaria.

Y lo hacemos con poder: el poder de la palabra, de la unidad, de la conciencia de clase y feminista, de la organización sindical, de la interlocución institucional, la movilización y de la negociación colectiva. Porque, el nuestro, es un poder compartido, colectivo.

En esto del acceso al poder tenemos que hacer un poco de historia. Nosotras, las mujeres, partimos de un déficit histórico en participación en órganos del poder desde el inicio de las democracias modernas. Además, por la acción de estereotipos y roles sexistas, muchas veces hemos sido socializadas para no participar en el poder, se nos imponían mandatos de género: estar callada, sin autoridad, en posición subordinada. Y a las díscolas, a quienes se atreven a romper moldes, se las castiga, como hemos visto que hace la ultraderecha con comunicadoras, periodistas, políticas y sindicalistas ahora mismo.

Hasta que ha llegó la lucha feminista unitaria y con ella, las sucesivas conquistas de derechos de ciudadanía (derecho al voto, a la participación política, a la representación paritaria). Sin olvidar la base legal de la perspectiva de género, logro del feminismo, su entrada en las políticas públicas, la legislación y las instituciones. Un logro colectivo.

Junto a las estrategias de la acción positiva y la transversalidad de género, se añadió, como factor clave, también en la IV conferencia de Mujeres de la ONU. en Beijing 1995, el llamado empoderamiento de las mujeres: proceso por el cual, en un contexto en el que están en desventaja por las desigualdades estructurales de género, refuerzan sus capacidades, estrategias y protagonismo, tanto en el plano individual como colectivo, para alcanzar una vida autónoma en la que puedan participar, en términos de igualdad, en el acceso a los recursos, al reconocimiento y a la toma de decisiones en todas las esferas de la vida personal y social.

El feminismo sindical es un claro ejemplo de empoderamiento colectivo que empodera a todas porque busca igualdad en empleo digno, principal puerta de entrada a la autonomía económica y la libertad personal; porque trabaja para erradicas todas las violencias machistas, acompañar y proteger a las mujeres que las sufren, por blindar su derecho al aborto, por redistribuir los cuidados y cambiar la organización de los tiempos.

Claro que supone mover muchas inercias: potenciar la mirada crítica desde el feminismo, establecer políticas de igualdad y legislación específica, deconstruir la ideología patriarcal, todavía muy presente en la vida social, rescatar una genealogía feminista, crear redes y alianzas estratégicas, etc. Supone voltear al patriarcado y a su aliado incondicional, el capitalismo neoliberal.

El poder de las mujeres es, lo comprobamos a diario, un poder diferente. Más apegado a la vida cotidiana, más atento a necesidades materiales, de subsistencia (las cosas del comer), introduce en el foco público cuestiones consideradas tradicionalmente como “de mujeres”, por los papeles sociales asignados. Pero ya sabemos que “lo personal es político” y que las cuestiones vinculadas a los cuidados, a las violencias machistas, a los derechos reproductivo, son (deben ser) cuestiones de Estado, porque su afectación a la vida de las mujeres supone de facto una impugnación del Estado democrático y social de Derecho. Es un poder que busca resolver, de manera pragmática; dar respuestas, dar soluciones que mejoren la vida de todas, sin dejar a ninguna atrás, y no dar vueltas en torno a una noria de debates teóricos irresolubles.

Un poder que, cuando hay un número significativo de feministas, una masa crítica (y no una sola “abeja reina”), se muestra como más colaborativo, más horizontal, más comunicativo, más empático, más dialogante, más comprensivo con esos problemas que acucian a las mujeres (empleos dignos, salarios iguales, cuidados, violencias, derechos reproductivos) y que implican una gestión del tiempo más eficaz. Es, en definitiva, un poder que construye (luego transforma), porque construye igualdad.

Un poder que cambia las condiciones laborales, los modelos familiares, los centros de trabajo, las relaciones sociales e instituciones y la sociedad entera.

Claro que no nos conformamos, falta mucho camino aún por recorrer hasta la igualdad efectiva. Pero sabemos reconocer los logros. Hoy trabajan más mujeres que nunca en España (10,46 millones de mujeres trabajando, el 46,6% de la población ocupada, EPA 2025) y están afiliadas a la Seguridad Social más mujeres que nunca (10.211.265 de media en enero 2026). Un avance que ha tenido lugar tras la Reforma Laboral del 2021, con una mejora en el empleo de las mujeres del +16,3% desde el año previo a la reforma laboral. El SMI ha subido un 66% desde 2028, con un innegable impacto en los salarios de las mujeres, hasta el punto en que no nos duelen prendas en decir que es una de las principales medidas feministas, si es que no es la principal.

Ese poder de las mujeres es el resiste ante el avance reaccionario. Siri Hustvedt escribía hace pocas semanas en EL PAÍS sobre el resurgir del nuevo fascismo que capitanea Trump. Todas las versiones del fascismo están obsesionadas con el antifeminismo y con la gloria del heroísmo y la brutalidad viriles. Recordemos que todos los Estados fascistas europeos arrebataron a las mujeres derechos de los que ya disfrutaban. La manosfera bulle de desprecio por las cosas que se consideran de mujeres, desde pedir una ensalada en lugar de un filete hasta estudiar artes en lugar de física, pasando por la compasión, la negociación y la propia democracia. La masculinidad belicosa y la misoginia no son secundarias en el fascismo. En España lo estamos viendo cada día.

Allí donde llega la ultraderecha vocera al gobierno (o donde lo condiciona, o donde hay gobernantes de la derecha tradicional trumpanizados) se reproducen estas consignas de gobierno: contra la Agenda 2030 -o lo que entienden que la representa, porque además de acientíficos son ignorantes-; contra la UE, contra políticas migratorias y las humanitarias, contra los derechos de las mujeres y de la población LGTBI+ y contra los sindicatos de clase.

Contraponemos nuestra fuerza transformadora al poder coercitivo de quienes pretenden retroceder imponiendo su programa autoritario fascistoide: eliminar el Ministerio de Igualdad y los organismos (y políticas y recursos) estatales, autonómicos y locales de igualdad y prevención de violencia de género; eliminar Leyes integral de violencia de género y la de violencia sexual; eliminar legislación feminista que lucha contra la discriminación de las mujeres como los planes de igualdad; derogar leyes de igualdad de trato como la Ley LGTBI (y prohibición de terapias hormonales y tratamientos para el cambio de sexo); derogar el derecho al aborto, políticas natalistas (sin corresponsabilidad); repatriación de migrantes (incluso de los menores), etc. Y otras, que también producen espanto, que son claramente anticonstitucionales y regresivas: en materia laboral, derogación de la Reforma laboral, supresión de obligaciones económicas de las empresas… y otras como derogación de la ley de eutanasia, suprimir las CCAA, las lenguas cooficiales, suprimir financiación a partidos políticos y sindicatos más representativos, acabar con los fondos europeos, la Agenda 2030, ilegalización de partidos independentistas, derogación de la ley de memoria histórica…

Algunas de ellas ya se han puesto en práctica allí donde influyen en gobiernos autonómicos y locales: Han eliminado organismos de igualdad (Concejalías, institutos de la Mujer, DGM,  etc.) con la consiguiente eliminación fulminante de políticas públicas y financiación de actividades de promoción de la igualdad y de prevención de la violencia machista. Añaden obstáculos (a veces, insalvables) en ejercicio del derecho al aborto, incumplen la ley y hacen gala de ello (Ayuso: Váyanse a abortar fuera). Niegan la violencia de género, la brecha salarial, la desigualdad estructural entre mujeres y hombres. Potencian una vuelta a los roles tradicionales de las mujeres (sumisas o subordinadas, madres, en espacios domésticos o alejadas del poder…).

Unas derechas que atacan el feminismo y al sindicalismo de clase porque saben que ahí está su dique de contención.

Frente a su odio, nuestra alegría. Como el poeta Mario Benedetti, defendemos la alegría como una trinchera, como un principio, un destino, un derecho. Porque nos queremos libres, iguales, alegres.

Frente a su destrucción, nuestro poder constructivo. Porque no vamos a dar un paso atrás y vamos a poder seguir decidiendo sobre nuestros cuerpos, nuestro tiempo y nuestros empleos y trabajo y, en definitiva, sobre nuestras vidas.

Desde CCOO reivindicamos ese poder de las mujeres, de las mayores que abrieron camino y de las jóvenes que siguen abriéndolo, para enfrentarse colectiva y sororamente al miedo y construir redes de apoyo donde antes había silencio. De las precarias, las migrantes, las trabajadoras de todos los sectores, las que pelean por subsistir en la economía sumergida, las que no están en el empleo porque se ven obligadas a cuidarlas ancladas en los suelos pegajosos

Ese es el poder que nuestra sociedad necesita para conseguir una democracia plena donde exista la igualdad efectiva entre mujeres y hombres en las relaciones laborales: que se acabe con las brechas salariales, la violencia de género y la violencia sexual, el acoso, la precariedad que castiga a las mujeres e invisibiliza los cuidados. Tejiendo de modo constructivo propuestas de mejoras para las vidas y empleos de todas y todos y, sobre todo, de quienes están más expuestas a la exclusión y a las discriminaciones y/o en situaciones más vulnerables.

Las sindicalistas somos parte esencial del mundo del trabajo, del movimiento sindical y de la defensa de los derechos laborales y sociales. Nuestro poder nace de la organización, de la unión, del trabajo cotidiano desde el feminismo sindical y la lucha colectiva. Venimos de muy lejos, trenzando generaciones de sindicalistas feministas: desde una organización que en su 1º congreso confederal (1978) tenía un 17% de mujeres en su afiliación al actual 48% de afiliadas, rozando el medio millón de mujeres en las CCOO.

Son mujeres el 46% de las 112 mil personas elegidas como delegados/delegadas sindicales por CCOO en las elecciones sindicales, esa “democracia dinámica”, como dice nuestro secretario general Unai Sordo de las representaciones sindicales producto de las elecciones sindicales, legitimadas para negociar normas con fuerza jurídica vinculante y capacidad para ser exigidas ante un tribunal. En palabras de Unai Sordo, “el sindicalismo es la mayor red democrática” de nuestro país.

Y del 7% en las comisiones ejecutivas en el 1º Congreso confederal las mujeres hemos pasado a ejecutivas paritarias. Listas paritarias (o con equilibrio de sexos) y cremallera en nuestros Estatutos.

Este 8 de Marzo tomamos las calles caminando juntas para transformar la sociedad con derechos para las mujeres, por la justicia social, la sostenibilidad del planeta y mejoras para toda la ciudadanía, sin olvidarnos, nunca, de las mujeres del mundo que sufren opresión y violencia, y gritando No a la Guerra.

Carolina Vidal López é secretaria confederal de Mujeres e Igualdad de Confederación Sindical de Comisiones Obreras (CCOO)


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